Estableciendo La Meta Correcta

(Setting the Right Goal)

Para ser exitoso ante los ojos de Dios, es esencial que un ministro entienda la meta que Dios le ha fijado. Si él no entiende su meta, no tendrá manera de medir si ha tenido éxito o ha fallado en alcanzarla.[1] Él puede pensar que ha tenido éxito cuando realmente ha fallado, y eso es una gran tragedia. Él es como un corredor que llega en primer lugar y alegremente pasa a través de la línea final en una carrera de 800 metros, saboreando su victoria al levantar sus manos ante la ovación de la muchedumbre, sin darse cuenta que realmente competía en una carrera de 1600 metros. El entender mal su meta, le ha garantizado su fracaso. Pensando que había ganado, él ha asegurado su pérdida. En su caso, el refrán es ciertamente una verdad: “Los primeros serán postreros”.

La mayoría de los ministros tienen cierta clase de meta específica, a la cual se refieren a menudo como su “visión”. Esta visión es únicamente la que ellos se esfuerzan por alcanzar basándose en su llamado o talento específico.

El llamado y el talento de cada persona son únicos, ya sea al pastorear una iglesia en una determinada ciudad, al evangelizar en una determinada región, o al enseñar ciertas verdades. Pero la meta dada por Dios, a la cual me estoy refiriendo es general y se aplica a cada ministro. Esta meta es una visión grande. Esta debería de ser la visión general que está detrás de cada visión específica. Pero con frecuencia, no lo es. Muchos ministros cuentan no solamente con visiones que no armonizan con la visión general de Dios, sino que algunos tienen visiones específicas que trabajan en contra de la visión general de Dios. Ciertamente, esto mismo me ocurrió una vez, aunque me encontraba pastoreando una iglesia en crecimiento.

¿Cual es la meta o visión general que Dios le ha dado a cada ministro? Comenzamos encontrando la respuesta en Mateo 28: 18-20, un pasaje tan familiar para nosotros, que a menudo perdemos de vista lo que está diciendo. Pero vamos a reflexionar en él, verso por verso:

Jesús se acercó y les habló diciendo, “toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18).

Jesús quería que sus discípulos comprendieran que Su Padre le había otorgado la autoridad suprema. Por supuesto, que la intención del Padre era (y es) que Jesús sea obedecido, como también lo es cada vez que Dios le otorga autoridad a alguna persona. Pero Jesús es único en el sentido de que su Padre le dio toda la autoridad en el cielo y en la tierra, no sólo una autoridad limitada, como Él la otorga ocasionalmente a otros. Jesús es Señor.

Por motivo de esta verdad, cualquier persona que no reconozca a Jesús como Señor, no lo estará reconociendo a Él correctamente. Jesús, más que cualquier cosa, es Señor. Es por esto que, a Él se le cita como Señor más de 600 veces en el Nuevo Testamento. (Se le menciona como Salvador únicamente 15 veces). Es por esto que Pablo escribió, “Cristo para esto murió, resucitó y volvió a vivir para ser Señor así de los muertos como de los que viven” (Romanos. 14-9, énfasis agregado). Jesús murió y volvió a la vida con el propósito de reinar como Señor sobre todo mundo.


 

[1] En este libro, me refiero al ministro, usando el pronombre masculino él, solamente para mantener una secuencia en el libro y porque la mayoría de ministros, como los pastores, son hombres. Sin embargo, Yo estoy convencido por la Escritura, que Dios llama a mujeres al ministerio, y conozco algunas con ministerios muy eficaces. Este será el tema del capítulo titulado, Las mujeres en el ministerio.